Quinielaczytasz strone nr 599
Fue así, presa de una
alucinación, como D'Artagnan franqueó, al trote que quiso tomar su caballo, las seis a
ocho leguas que separan Chantilly nastolatki de Crèvecceur, sin que al llegar a esta ciudad se
acordase de nada de lo que había encontrado en su camino.
Sólo allí le volvió la memoria, mistrzostwa świata movió la cabeza, divisó la taberna en que había
dejado a Aramis y, poniendo su caballo al trote, se detuvo en la puerta.
Aquella vez no fue guerra vida un hostelero, sino una hostelera quien lo recibió; D'Artagnan era
fisonomista, envolvió de una ojeada la gruesa cara alegre del ama del lugar, bambapoker y
comprendió que no había necesidad de disimular con ella ni había nada que temer de
parte de una fisonomía tan alegre.
-Mi buena señora modelki -le preguntó D'Artagnan-, ¿podríais decirme qué ha sido de uno
de mis amigos, a quien nos vimos forzados a dejar aquí hace una docena de días?
-¿Un guapo joven de veintitrés a veinticuatro años, dulce, amable, bien hecho?
-¿Y además herido en un hombro?
-Eso es.
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