Quinielaczytasz strone nr 100
D'Artagnan, entregado por entero a sus planes de conciliación y de cortesía, se
acercó a los cuatro jóvenes haciéndoles un gran saludo acompañado de la más
graciosa sonrisa. bukmacher Aramis inclinó ligeramente la cabeza, pero no sonrió. Por lo demás,
los cuatro interrumpieron en aquel mismo instante su conversación.
D'Artagnan no era tan necio como para kasyna no darse cuenta de que estaba de más;
pero no era todavía lo suficiente ducho en las formas de la alta sociedad para salir
gentilmente de una situación falsa como lo es, znane por regla general, la de un hombre que
ha venido a mezclarse con personas que apenas conoce y en una conversación que
no le afecta. Buscaba por tanto en su interior un medio keno de retirarse lo menos
torpemente posible, cuando notó que Aramis había dejado caer su pañuelo y, por
descuido sin duda, había puesto el pie encima; le pareció llegado el place first momento de
reparar su inconveniencia: se agachó, y con el gesto más gracioso que pudo
encontrar, sacó el pañuelo de debajo del pie del mosquetero, por más esfuerzos que
hizo éste por retenerlo, y le dijo devolviéndoselo:
-Señor, aquí tenéis un pañuelo que en mi opinión os molestaría mucho perder.
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